EL DUELO

Tras quitarse la capa, Henry la dobló con parsimonia y la colgó con cuidado de la rama de un árbol, junto a su sombrero. Después se puso unos finos guantes de cuero y se ciñó la hebilla del cinturón, del que colgaba su espada de duelo. Westley lo miraba con impaciencia, con las manos sobre las caderas. Él ya llevaba un buen rato en mangas de camisa, mirando como Henry realizaba su ritual de forma obsesiva y minuciosa.

—No se impaciente, señor—le aconsejó Henry mirándolo de reojo—. Le despacharé en un momento.

—Deje de retrasar lo inevitable. Hoy pagará el precio de sus ultrajes—advirtió Westley—. Le garantizo que esta será la última vez que nos batamos.

—Eso mismo dijo en la pasada ocasión. Pero estoy seguro de que todavía le duele el disparo de pistola que le acerté en nuestro último encuentro. ¿Dónde había sido? ¿Fráncfort?

—En Fráncfort luchamos a sable. Y de no ser por la treta de arrojarme tierra al rostro, lo habría despedazado. Las pistolas fueron en Moscú.

—Cierto. ¡Qué memoria la mía!—exclamó Henry, mientras desenvainaba su estoque y realizaba unos estiramientos.

Los dos se encontraban en la inmensidad del prado, todavía bañado con el rocío matutino. Lejano llegaba el rumor del mar, más allá de los acantilados de roca, y al otro lado se oteaban las delgadas columnas de humo de las chimeneas del pueblo. En esta ocasión había sido Westley quien había escogido el arma y el lugar.

—Antes de acabar con usted permítame preguntarle, ¿qué ha estado haciendo desde nuestra última disputa?—dijo Henry—. Los lejanos rumores que me llegaron eran que limpiaba de piratas los mares de China, despejándole el camino a la Compañía de las Indias Orientales.

—Aunque eso no es asunto suyo—respondió Westley, arisco—, le diré que recientemente serví a Su Majestad en las guerras de África, contra los enemigos del Imperio. Más honor del que jamás podrá usted alcanzar.

— ¡Mi viejo enemigo! No es honor lo que a mí me interesa. Ha de saber que tras mi breve presidio en un pontón del Támesis, cayó en mis manos un antiguo mapa que había pertenecido a un corsario francés de las Antillas. Ahora tengo en mi posesión un cofre rebosante de doblones de oro. Sin duda he invertido el tiempo mejor que usted.

—Lástima, porque no va a poder disfrutar de ese tesoro. Y ni todo el oro del mundo podría salvar su vida en este momento —sentenció Westley mientras blandía su espada en el aire con un agudo siseo—. Basta ya de cháchara.

—De acuerdo. ¿A muerte entonces?—preguntó Henry.

Su rostro juvenil derrochaba confianza, y se movía sobre la hierba grácil como un bailarín bajo la atenta mirada de Westley. Éste, un poco más mayor que su oponente, tensó su cuerpo en una postura firme y defensiva, manteniendo la hoja de su espada en alto.

—Por descontado. Ya le he dicho que hoy terminaría todo.

Westley fue el primero en lanzar su ataque. Estaba impaciente, rabioso en su interior como una bestia hambrienta, y Henry lo sabía. Los aceros chocaron y se deslizaron entre sí con velocidad. Henry pudo defenderse con solvencia de los envites de su adversario, pero no con la facilidad que le gustaba aparentar. Su contrincante manejaba una técnica tradicional, casi académica, que lo hacía previsible pero también mortalmente certero al menor de los descuidos. Él por su parte tenía un estilo más fluido, era más rápido y conocía toda clase de trucos (de no ser porque aquel un auténtico duelo de caballeros, no hubiera dudado en acompañarse también de una daga, o incluso de una pistola), pero le faltaba la experiencia para tumbar las férreas defensas de Westley.

Durante largo tiempo estuvieron los dos lanzando y parando peligrosas estocadas, en una auténtica danza mortal. Henry aprovechaba su agilidad para girar alrededor de Westley, arrojándole siempre que podía traicioneros aguijones, pero su adversario se mantenía seguro y bien posicionado. Cuando parecía que uno ganaba un poco de terreno y tenía a su alcance un golpe de gracia definitivo, el otro se recuperaba con un movimiento formidable y pasaba velozmente al contraataque.

—Ha mejorado su esgrima—reconoció Henry durante una pequeña pausa en el calor de la lucha. Tenía el cabello rubio adherido a la frente por el sudor—. Me recuerda a un veterano espadachín español que maté una vez. Es usted muy bueno, Westley, pero no lo suficiente.

Lo cierto es que, en realidad, ahora ya no veía tan clara la victoria. Tenía un profundo tajo en su brazo izquierdo que sangraba copiosamente, tiñendo la manga de su camisa de rojo carmesí, y la estrategia de girar alrededor de Westley comenzaba a fatigarlo. Su enemigo sin embargo seguía firmemente plantado, lanzando siempre ataques precisos que le exigían de toda su habilidad, y replegándose después en una impecable defensa.

Las espadas siguieron cruzándose con rapidez hasta que, en un movimiento audaz, Westley consiguió desarmar a su rival. Henry tropezó y cayó al suelo, demasiado lejos de su espada. Pronto sintió una punta de acero descansando sobre su garganta.

— ¡Te tengo!—exclamó Westley, henchido de satisfacción. Mantenía la espada perpendicular sobre su cuello, listo para degollarlo con un simple gesto.

Henry comprendió que aquel era el fin. Su más enconado enemigo lo había vencido, después de tanto tiempo, y ahora solo podía esperar una muerte rápida e indolora.

—Ya eres mío. Y créeme, nada ni nadie podrá salvarte ahora.

De pronto un repiqueteo sonó en la lejanía, procedente del pueblo, y el sonido metálico de una campana llegó hasta ellos retumbando en el aire. En un instante todo se detuvo.

Los dos niños se giraron al oírla y se dirigieron una mirada cómplice. Westley ayudó a su hermano, viejo compañero de aventuras, a levantarse. Después, arrojó al suelo el pequeño palo de madera que le servía como espada.

—La próxima vez no tendrás tanta suerte—le dijo con una sonrisa.

El recreo había terminado.

4 comentarios sobre “EL DUELO

  1. Hola,te habla uno de los que se perdieron por el camino.No se si ganaras el concurso,pero bajo mi humilde opinión es el mejor relato de los 10 finalistas.Mis felicitaciones por haber escrito un cuento de aventuras tan redondo.

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