EL BILLETE

—Vamos, decídete—repitió Harlow—. Si lo consigues, es tuyo.

Robert miró una vez más el billete, que Harlow sostenía a pocos centímetros de su cara, y se volvió de nuevo para medir la distancia que los separaba del tejado contiguo. Estaban en la azotea de un viejo edificio de ladrillo, de cinco plantas, justo enfrente al puerto de la ciudad. Los muelles estaban atestados de navíos descargando mercancías, con sus grandes chimeneas vomitando hollín, y el aire olía a ceniza y agua salada.

— ¿Qué sacas tú con esto?—musitó Robert, restregándose las manos por su harapiento pantalón de pana. De pronto habían empezado a sudarle.

—Nada en especial—dijo Harlow encogiéndose de hombros—. Un rato de diversión, supongo.

— ¿Diversión? Eres un sádico hijo de puta.

—Tal vez. ¿Vas a hacerlo o no?

Robert contempló la finísima viga de hierro que unía los dos edificios, tendida sobre el vacío. No mediría más de siete u ocho metros. Debajo había un abismo de cinco plantas. Si perdía el equilibrio, o si resbalaba, se haría papilla sobre el asfalto. Dio unos pasos y se encaramó con cautela a la cornisa. En la callejuela de debajo los mercaderes se movían rápidos como pequeños insectos, ajenos a lo que ocurría sobre sus cabezas.

—Es una locura. No tengo por qué hacerlo.

Harlow soltó una risotada. Parecía impaciente y excitado.

—Claro que tienes por qué. Puedes seguir malviviendo por estos muelles, mendigando y rompiéndote la espalda con esos fardos de carbón, o puedes conseguir este billete. El billete lo cambia todo, ¿verdad?

Por supuesto que lo cambiaba. Robert podía trabajar durante años como porteador, o en la serrería del astillero, o abrasándose las manos con los químicos de la fábrica textil, pero por mucho que ahorrase nunca tendría nada parecido a lo que Harlow sostenía en la mano. Ese billete podía darle a un hombre una nueva vida, rescatarlo de la inmundicia como un flotador en medio del mar. Y Robert necesitaba una vida mejor urgentemente. El hambre y el desempleo se habían propagado por la ciudad con la ferocidad de un brote de peste.

—Está bien, lo haré—murmuró sin mucha decisión.

— ¡Eso es lo que quería oír!—exclamó Harlow exultante.

Robert se situó con cuidado sobre la cornisa y colocó el pie derecho encima de la viga. No debía medir más de trece o catorce centímetros de ancho, pues apenas sobresalía nada bajo la suela de su gastado zapato. Tragó saliva y colocó el otro pie, manteniendo el equilibrio lo mejor que pudo. Un sudor helado bañó rápidamente todo su cuerpo a medida que el vértigo se apoderó de él. Respiró hondo un par de veces y llenó sus pulmones de aire húmedo y saturado. Puso un pie delante del otro y pronto se vio dando los primeros pasos. Hasta le pareció posible conseguirlo.

—Ida y vuelta, Robert—gritó Harlow—. Ida y vuelta, recuérdalo.

—Maldito cabrón—farfulló Robert.

El sobresalto casi le había hecho perder el equilibrio. Agitó los brazos en el aire buscando un apoyo inexistente y recuperó como pudo la estabilidad. Había mirado inevitablemente al vacío bajo sus pies, y la viga era tan fina que le parecía estar flotando en el aire. Ahora las personas de abajo le parecían más pequeñas que nunca, apenas diminutos puntos que hormigueaban entre los puestos. El edificio que había dejado atrás bajaba en pendiente como la pared de roca de un acantilado, y de pronto fue consciente de que el viento soplaba más fuerte de lo que le había parecido cuando aún estaba sobre el tejado.

Harlow rió de nuevo, con una carcajada aguda y cruel. Estaba disfrutando como un niño.

— ¿Sabes a qué me recuerda esto, Robert? A una de esas novelas de aventuras donde los piratas obligan a sus prisioneros a cruzar por el tablón. Un fino tablón de madera y, debajo, el océano. Tiburones hambrientos.

Robert pensó en contestarle, pero comprendió que no podía permitirse ese lujo. Si quería salir de aquella, tenía que poner toda su concentración. Debía ignorar las provocaciones de Harlow y pensar sólo en la recompensa.

Dio un par de pasos más y se halló en la mitad de la viga. Notó una arcada y luchó por reprimirla. Incluso temió desmayarse Tuvo que reunir todo su valor para dar los últimos pasos y llegar al fin al edificio contrario.

—Excelente, amigo mío, lo has hecho muy bien. Ahora sólo te queda volver—admitió Harlow.

Robert se tomó unos segundos para recuperar el aliento y la sensibilidad de los músculos. Sus piernas temblaban enloquecidas cuando emprendió el regreso.

Al llegar de nuevo a la mitad de la viga sentía los tobillos cansados y doloridos. Su corazón palpitaba con la potencia de una locomotora. Su cara reflejaba puro terror.

Ahora el viento hacía ondear su camisa, y su cuerpo osciló como una espiga de trigo. Tuvo que hacer uso de toda la fuerza de sus músculos para mantener la estabilidad, aunque sentía que sus piernas se habían tornado en dos barras de goma. Sin embargo, cuando parecía más indeciso, salvó los últimos metros con tres grandes zancadas, en un gesto de increíble audacia, y se dejó caer de rodillas, exhausto, a los pies de Harlow.

—Lo has conseguido, chico. Sinceramente, pensé que te estrellarías como una manzana madura. Pero lo has conseguido.

Harlow le entregó el billete y se volvió en silencio hacia el puerto para contemplar un gigantesco transatlántico que ya estaba calentando sus máquinas mientras engullía las últimas mercancías del puerto.

—Creo que es lo más grande que he visto en mi vida—dijo.

Pero Robert no le escuchó. Estaba todavía en el suelo, absorto, mirando el billete. Por fin tenía a su alcance una nueva oportunidad. Ahora tenía un billete de tercera clase de la White Star Line para empezar desde cero en América. Se había acabado el luchar por la supervivencia. Tenía entre sus manos un billete de ida en el majestuoso Titanic y el futuro le prometía grandes esperanzas.

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