Catálogo 2150

¡Prepárate!

Porque, si continúas leyendo, estás a punto de cruzar una frontera totalmente inexplorada. Vas a tomar un camino que te transformará para siempre. Verás cosas que jamás habrías imaginado, y sentirás nuevas y excitantes sensaciones. Cuando regreses, ya no serás el mismo.

Párate a pensarlo un instante… ¿Cuánto hace que no vives una auténtica AVENTURA?

AVENTURA es la agencia de viajes más famosa del mundo. Llevamos décadas planificando para ti los mejores paquetes de viaje, enfocados no sólo a proporcionarte la comodidad que deseas en tus merecidas vacaciones, sino a experimentar vivencias únicas e irrepetibles.

Para este año 2150 hemos preparado un surtido de fantásticas experiencias que no te dejarán indiferente. ¿Eres más de campo o de ciudad? ¿Te gusta el riesgo o prefieres disfrutar de un momento de tranquilidad? Seas como seas hay un paquete para ti. ¡Echa un vistazo!

Paquete 1: El desierto es misterio. Tiene algo que nos cautiva. La inmensidad de arena se aparece ante nosotros como un poema a la eternidad, desafiando al hombre y aún al propio tiempo. Si crees que estás listo para descubrir sus secretos, el DESIERTO DEL AMAZONAS es tu destino. Hace cientos de años, esta ardiente planicie estaba cubierta por la jungla más espesa. Hoy los restos de aquella prodigiosa vegetación dormitan imperturbables en el corazón del desierto, esperando a ser explorados. Por la noche, cuando comienza a refrescar, podrás visitar el gran Bosque Fósil, un bello laberinto natural de árboles cristalizados por el calor. Observa los viejos troncos petrificados, plagados de infinitos colores, y no olvides que aquí existió una selva propia de un mundo prehistórico. De día, ¡podrás lanzarte a la aventura! ¿Quieres conducir un boogie por el cauce seco del primitivo río Amazonas?¿Hacer puenting sobre grandes acantilados, por donde antaño se precipitaban poderosas cascadas? En el Amazonas encontrarás el perfecto equilibrio que necesitas entre emoción y relax.

Paquete 2: El fondo marino reserva maravillas indescriptibles para viajero intrépido. Si no te asusta calzarte unas aletas y zambullirte en las profundidades, vas a revivir el viejo mito de la Atlántida en la romántica VENECIA SUBMARINA. Recorrerás los antiguos canales de la ciudad, iluminados por más de un millar de lámparas artificiales, y disfrutarás de la variopinta fauna acuática que habita cada rincón de su milenaria arquitectura. En el Gran Canal, los barcos que un día surcaban las aguas conservan ahora intrigantes tesoros hundidos. ¡Mira! Las estatuas del centro histórico, cubiertas de algas, te dan la bienvenida. En la Plaza de San Marcos, podrás adentrarte en el Palacio Ducal. Sus lujosos salones, donde un día se tejían peligrosas intrigas políticas, acogen ahora una exótica colonia de pulpos, que ha sabido hacer de las inmensas estancias su hogar secreto. ¿Exhausto de tu aventura submarina? Vuelve a la superficie. En la costa italiana podrás descansar y probar las exquisiteces que nos ofrece el Mediterráneo. Los peces de la zona, hechos a la parrilla, son de los más limpios del mundo ¡con sólo un 24% de plástico!

Paquete 3: ¿Eres más de campo que de ciudad? No lo dudes, unas vacaciones en la GRANJA INTENSIVA te harán volver a los orígenes. Habitarás las hermosas cabañas de estilo rústico, equipadas con todas las comodidades, y podrás tener contacto directo con los animales más simpáticos. En el Recinto Bovino conocerás a las amables y robustas vacas, y descubrirás de primera mano cómo viajan de la granja al plato. Criándolas en estricta estabulación y alimentándolas sólo de la mejor proteína sintética, se consigue una carne muy barata, pero tan tierna y llena de grasa que se deshace en la boca. Date un buen homenaje con un bistec al estilo tradicional, ¡hará las delicias de toda la familia! No olvides degustar también el pollo y el cerdo, tan jugosos como amistosos. En el Súper Huerto podrás comprobar con tus propios ojos cómo el agricultor moderno trabaja el campo, obteniendo los mejores productos de la tierra yerma. Las grandes cúpulas de plástico protegen las cosechas de la lluvia ácida, a la vez que crean un microclima idóneo para que los fertilizantes químicos hagan su magia. Recolecta tú mismo mazorcas de maíz, tomates y lechugas, frescos y enormes gracias a los últimos avances genéticos.

Paquete 4: Sólo te conformas con lo mejor de lo mejor. Te consideras un turista con clase, y lo sabemos. Buenas noticias: tenemos el viaje perfecto para ti. En el CRUCERO ÁRTICO vas a poder disfrutar de los ambientes más selectos, navegando por las cálidas aguas del Polo Norte con todo el glamour que te caracteriza. Hace cien años, esta zona era gélida e impracticable, pues estaba cubierta de sólidos glaciares; ahora que por fin se han fundido, ningún lugar del mundo puede resistirse al deleite del viajero. En este crucero de lujo, auténtica ciudad flotante, surcarás el mar antaño helado en una travesía llena de confort. Cines, salas de masaje, casinos y restaurantes son sólo algunas de las experiencias que te esperan a bordo. ¡Tierra a la vista! La tripulación ha oteado una isla de plástico, hecha de toneladas de desechos. Pero el tiempo de los icebergs ha quedado muy atrás. El casco del buque puede cortar cada kilómetro de su superficie como si fuera mantequilla. Tú sólo preocúpate de relajarte ¿Una caipirinha?

Paquete 5: Salvaje e indomable, igual que tú. Así es la experiencia de ÁFRICA OCULTA. La hirviente sabana te espera con toda su grandeza. En el Museo de la Extinción podrás descubrir aquellas bestias desaparecidas que un día poblaron este paraje sin igual: elefantes, rinocerontes, y leones cobran vida de nuevo a través de la última tecnología animatrónica. No olvides pasar por la tienda de souvenirs de piel y adquirir tu recuerdo: los bolsos de cocodrilo y las botas de serpiente son los productos estrella. Pero aquí las posibilidades son infinitas: desde las exóticas Minas de Coltán, donde los risueños niños nativos extraen a mano el valioso metal, hasta la inmensa planicie que un día albergó el Lago Victoria, África nos desvela su indómita belleza.

Puñal de plata

Ahora que volaba con el motor desconectado, empezó a ser realmente consciente de todo cuanto le rodeaba. Se sintió en auténtica comunión con el cielo, y con la naturaleza entera. Ya no ensuciaría el cielo con una estela de humo nunca más. Aunque la cabina estaba sellada por una fina cubierta de plástico, notó cómo el aire, impregnado de la esencia del mar, penetraba en el cubículo limpio y fresco, sin la densa polución del motor. «Soy un puñal de plata», pensó mientras cortaba el viento, deslizándose bajo las nubes ligero y silencioso como un ave. Sin el incesante zumbido de la hélice y los pistones en los oídos, se permitió el lujo de recostarse un poco sobre el asiento, sosteniendo con una mano la palanca de mando y aflojándose las correas de la cintura con la otra.

Le resultó tan fácil planear de aquella forma que ya no se preocupó de mirar más sus instrumentos básicos. La brújula, el altímetro, el cuentarrevoluciones, el anemómetro…Ahora que las alas metálicas eran una extensión de su propio cuerpo no necesitaba perder el tiempo con toda aquella chatarra. Le resultaba tan ajena como un mapa escrito en otro idioma. Decidió que invertiría aquellos valiosos segundos en contemplar algo mucho más agradable, como la costa de reflejos dorados que se extendía a su derecha, a muchos pies de altura. Se quitó con alivio las gafas de vuelo y la capucha, e incluso los guantes de cuero forrados de piel de carnero. Sabía que bajo aquel sol tan hermoso no tendría frío nunca más. Oteó las playas, las palmeras y la espuma del mar. Si pudiera, pensó que incluso podría aterrizar sobre la arena, deslizándose sobre ella como una serpiente, y después bajar del avión y darse un chapuzón. «Y si ella estuviera allí, mucho mejor», se dijo mirando la foto que llevaba prendida en el indicador de virajes. Allí estaban su mujer, con rasgos nobles y serenos, posando con su kimono hecho a mano.

Imaginó que a Sakura le hubiese encantado verlo volar de aquella manera. Estaba muy orgullosa de que él fuera piloto, pero detestaba el olor acre del combustible que arrastraba el viento tras su paso,  y el ruido mecánico que asustaba a los pájaros, como si el avión fuese un monstruo hecho de hierro. También la forma en la que el escape del motor llenaba el aire de suciedad. «El cielo pertenece a los pájaros y a las nubes», decía ella. «Tú sólo eres un invitado». Bueno, ahora sin duda estaría satisfecha. Todo estaba tan límpido y tranquilo que una bandada de pájaros podría acompañarlo sin que notasen la más mínima diferencia. Como si él fuese uno más.

Aunque no quería, terminó por divisar su objetivo en medio del mar. Era sólo una mota de polvo en el inmenso azul, pero incluso así podía distinguirlo. Al acercarse un poco ya se destacaba con claridad su forma de cigarro, hecho de acero blindado, y poco a poco se hicieron más y más visibles las torres de artillería, protegidas por gruesas corazas. Las enormes chimeneas vomitaban un humo negro y espeso.

 De pronto no pudo evitar sentir cierta turbación. ¿Era miedo? ¿Realmente iba a empezar a sentir miedo en ese momento? No, no podía ser. Aquello era inconcebible, casi una ofensa a su honor. Debía comportarse con la serenidad y decisión de un auténtico samurái. «¡Es el sake!», pensó con alivio, mintiéndose a sí mismo. «Sólo estoy un poco embriagado con ese último vaso de sake».

Supo que si continuaba volando de esa forma nunca alcanzaría la velocidad necesaria. «¡Mierda!». Pulsó un par de interruptores y el motor Mitsubishi comenzó a rugir como una bestia salvaje. «Bastará con un momento», prometió. «Sólo necesito quemar un poco más de ese combustible asqueroso y ya no volveré a molestar nunca más a los pájaros y a las nubes». Empujó a fondo el timón de mando, volcando encima de la palanca todo el peso de su cuerpo, hasta que su Zero comenzó a caer en picado como un misil imposible de detener.

«¡Qué viaje tan agradable!», pensó justo antes de traspasar la cubierta del acorazado con su bólido cargado de bombas. «Sin duda Sakura estaría muy orgullosa».

La llamada de Confucio

El anciano sólo abandonaba su casa al caer la tarde, cuando las calles de Venecia estaban desiertas y silenciosas. Entonces podía caminar a solas con su memoria, arrastrando los pies con dificultad y encorvado sobre su cayado como un bambú a punto de romperse.

Los canales centelleaban bajo el sol poniente, y el laberinto de callejones y plazas parecía atravesado por brillantes ríos de mercurio. Los comerciantes cerraban sus puestos y recogían sus últimas mercancías, haciendo que la brisa salada llevase el aroma de extrañas hierbas y especias llegadas de Oriente.

Era el momento en el que sus recuerdos se volvían más nítidos, el único en el que se sentía casi tan feliz como lo había sido en su juventud. Aquel olor le devolvía a las brumosas cumbres de China, de donde nacen todos los arroyos, y ante él se abría de nuevo la puerta de la Ciudad Amurallada. Allí lo recibía otra vez el hombre más poderoso de cuantos han vivido, mostrándole los recónditos secretos de su imperio y prometiéndole un futuro plagado de honores y distinción.

Soñaba con aquel mundo lejano cuando tropezó con un niño que se interpuso en su camino. El anciano volvió de su fantasía y recordó entonces que había pasado toda una vida desde aquello. Su rostro, tostado y marchito como un viejo trozo de cuero, se contrajo en un gesto de dolor. Ya no era el joven que una vez había servido al gran emperador de Asia en su palacio de oro y mármol.

— ¡Apártate, maldito seas!—ordenó, tratando de golpearlo con su cayado.

El niño se puso fuera de su alcance con un simple salto.

— ¿Es usted, verdad?—preguntó el muchacho. Iba vestido con sencillas ropas de trabajo, y tenía la cara y el pelo sucios de hollín—. Es usted Marco Polo.

El anciano continuó caminando y trató de ignorar al chico, que ahora lo seguía a una distancia prudencial. Apretaba con fuerza el mango de su bastón, cargado de cólera y resoplando como un buey.

—Me crie leyendo sobre sus viajes, signore. Vamos, cuénteme alguna de sus maravillosas historias. Dicen que en Oriente vio cosas increíbles. Unicornios y tribus caníbales. ¿Es todo eso cierto?

— ¡Estúpido!—gritó el viejo—. Nada de eso sucedió. Son invenciones.

Desde su regreso, hacía tantos años, era esa insaciable sed de cuentos fabulosos lo que más le había enfurecido. Siempre se esforzó en enseñar que, más allá de Europa, existían reinos con culturas poderosas y refinadas, cuya forma de vivir dejaba entrever un mundo de lealtad, altruismo y belleza, pero esa parte de su expedición no interesaba a nadie. Eran incapaces de apreciarla.

—Entonces no tiene nada que contar—exclamó el chico—. ¡Qué decepción!

—Te equivocas.

—Si no vio esas maravillas, sus viajes no tuvieron nada de especial.

—Esas cosas son sólo minucias al lado de lo que realmente vi.

— ¿Y qué fue lo que realmente vio?—preguntó el muchacho con curiosidad.

De pronto el anciano se detuvo. Se dio cuenta de que aquella era la primera vez que alguien le hacía esa pregunta. Por un momento pensó en seguir su camino, pero hacía años que no conversaba con nadie más que consigo mismo. Algo le decía que en aquella ocasión sería diferente.

—Podría hablarte de cómo es estar en presencia del gran Kan, rodeado de los más asombrosos tesoros. De cómo administra su inmenso imperio con la sencillez de un puesto de té.

El chico sonrió y se sentó con naturalidad sobre el suelo empedrado. Parecía dispuesto a escuchar todo lo que tuviera que contarle. El viejo estaba satisfecho, por fin alguien deseaba comprender.

Relató cómo era cruzar el Río Amarillo a bordo de un sampán, y lo que se sentía al contemplar campos de arroz tan grandes como Venecia y Génova juntas. Le dijo que en China escribir con tinta era un arte inalcanzable, digno solo de los hombres más virtuosos, y que la porcelana fina era tan valiosa como el oro puro. Le explicó cómo los artesanos elaboraban con técnicas secretas los vestidos más exquisitos, y cómo los transportaban en grandes caravanas de camellos por la Ruta de la Seda, sorteando bandidos y tormentas de arena. Habló de lo que significaba rendir culto a los antepasados, y de cómo el cielo se llenaba de fuegos de colores y cometas para celebrar el nuevo año. Habló sin parar hasta que cayó la noche.

— ¿Sabe lo que creo?—dijo el chico cuando terminó—. Que usted sigue viviendo en China. Creo que nunca regresó a Italia, que nunca terminó su viaje. Podría haber muerto en el camino de vuelta y no habría la menor diferencia.

El viejo lo observó con extrañeza. Intuyó en sus ojos el andar de los milenios, tan claro y constante como un mecanismo de relojería.

—Tienes razón—reconoció con amargura—. Soy demasiado mayor, y me aferro a mis recuerdos. Después de tantas aventuras temo aun más el final.

El muchacho hurgó en su bolsillo y le entregó un pequeño saco.

—Para poder marcharse a otro sitio, primero tiene que estar en paz con este—aconsejó.

El anciano lo abrió, y las arrugas de su rostro se llenaron de lágrimas.

— ¿Sabe lo que es?

Por supuesto que lo sabía. Una campanilla ritual de bronce como aquella era difícil de olvidar. Los chinos creían que su sonido sosegaba la mente y ayudaba a reflexionar. Se decía que, tras escuchar su delicado tintineo, Confucio se sintió inspirado para despreciar las comodidades mundanas y alimentarse sólo de agua y arroz durante meses.

—Adiós, signore. ¡Buen viaje!

El chico se marchó corriendo, y el anciano regresó a su morada pensativo. Al acostarse en su lecho se sintió sereno. Tocó con cuidado la campanilla y por primera vez en años notó una profunda paz. Se contempló una última vez como el intrépido explorador que un día había sido, esta vez cruzando la dorada campiña italiana.

Por fin Marco Polo se sentía con fuerza para emprender el viaje más importante de su vida.

EL DUELO

Tras quitarse la capa, Henry la dobló con parsimonia y la colgó con cuidado de la rama de un árbol, junto a su sombrero. Después se puso unos finos guantes de cuero y se ciñó la hebilla del cinturón, del que colgaba su espada de duelo. Westley lo miraba con impaciencia, con las manos sobre las caderas. Él ya llevaba un buen rato en mangas de camisa, mirando como Henry realizaba su ritual de forma obsesiva y minuciosa.

—No se impaciente, señor—le aconsejó Henry mirándolo de reojo—. Le despacharé en un momento.

—Deje de retrasar lo inevitable. Hoy pagará el precio de sus ultrajes—advirtió Westley—. Le garantizo que esta será la última vez que nos batamos.

—Eso mismo dijo en la pasada ocasión. Pero estoy seguro de que todavía le duele el disparo de pistola que le acerté en nuestro último encuentro. ¿Dónde había sido? ¿Fráncfort?

—En Fráncfort luchamos a sable. Y de no ser por la treta de arrojarme tierra al rostro, lo habría despedazado. Las pistolas fueron en Moscú.

—Cierto. ¡Qué memoria la mía!—exclamó Henry, mientras desenvainaba su estoque y realizaba unos estiramientos.

Los dos se encontraban en la inmensidad del prado, todavía bañado con el rocío matutino. Lejano llegaba el rumor del mar, más allá de los acantilados de roca, y al otro lado se oteaban las delgadas columnas de humo de las chimeneas del pueblo. En esta ocasión había sido Westley quien había escogido el arma y el lugar.

—Antes de acabar con usted permítame preguntarle, ¿qué ha estado haciendo desde nuestra última disputa?—dijo Henry—. Los lejanos rumores que me llegaron eran que limpiaba de piratas los mares de China, despejándole el camino a la Compañía de las Indias Orientales.

—Aunque eso no es asunto suyo—respondió Westley, arisco—, le diré que recientemente serví a Su Majestad en las guerras de África, contra los enemigos del Imperio. Más honor del que jamás podrá usted alcanzar.

— ¡Mi viejo enemigo! No es honor lo que a mí me interesa. Ha de saber que tras mi breve presidio en un pontón del Támesis, cayó en mis manos un antiguo mapa que había pertenecido a un corsario francés de las Antillas. Ahora tengo en mi posesión un cofre rebosante de doblones de oro. Sin duda he invertido el tiempo mejor que usted.

—Lástima, porque no va a poder disfrutar de ese tesoro. Y ni todo el oro del mundo podría salvar su vida en este momento —sentenció Westley mientras blandía su espada en el aire con un agudo siseo—. Basta ya de cháchara.

—De acuerdo. ¿A muerte entonces?—preguntó Henry.

Su rostro juvenil derrochaba confianza, y se movía sobre la hierba grácil como un bailarín bajo la atenta mirada de Westley. Éste, un poco más mayor que su oponente, tensó su cuerpo en una postura firme y defensiva, manteniendo la hoja de su espada en alto.

—Por descontado. Ya le he dicho que hoy terminaría todo.

Westley fue el primero en lanzar su ataque. Estaba impaciente, rabioso en su interior como una bestia hambrienta, y Henry lo sabía. Los aceros chocaron y se deslizaron entre sí con velocidad. Henry pudo defenderse con solvencia de los envites de su adversario, pero no con la facilidad que le gustaba aparentar. Su contrincante manejaba una técnica tradicional, casi académica, que lo hacía previsible pero también mortalmente certero al menor de los descuidos. Él por su parte tenía un estilo más fluido, era más rápido y conocía toda clase de trucos (de no ser porque aquel un auténtico duelo de caballeros, no hubiera dudado en acompañarse también de una daga, o incluso de una pistola), pero le faltaba la experiencia para tumbar las férreas defensas de Westley.

Durante largo tiempo estuvieron los dos lanzando y parando peligrosas estocadas, en una auténtica danza mortal. Henry aprovechaba su agilidad para girar alrededor de Westley, arrojándole siempre que podía traicioneros aguijones, pero su adversario se mantenía seguro y bien posicionado. Cuando parecía que uno ganaba un poco de terreno y tenía a su alcance un golpe de gracia definitivo, el otro se recuperaba con un movimiento formidable y pasaba velozmente al contraataque.

—Ha mejorado su esgrima—reconoció Henry durante una pequeña pausa en el calor de la lucha. Tenía el cabello rubio adherido a la frente por el sudor—. Me recuerda a un veterano espadachín español que maté una vez. Es usted muy bueno, Westley, pero no lo suficiente.

Lo cierto es que, en realidad, ahora ya no veía tan clara la victoria. Tenía un profundo tajo en su brazo izquierdo que sangraba copiosamente, tiñendo la manga de su camisa de rojo carmesí, y la estrategia de girar alrededor de Westley comenzaba a fatigarlo. Su enemigo sin embargo seguía firmemente plantado, lanzando siempre ataques precisos que le exigían de toda su habilidad, y replegándose después en una impecable defensa.

Las espadas siguieron cruzándose con rapidez hasta que, en un movimiento audaz, Westley consiguió desarmar a su rival. Henry tropezó y cayó al suelo, demasiado lejos de su espada. Pronto sintió una punta de acero descansando sobre su garganta.

— ¡Te tengo!—exclamó Westley, henchido de satisfacción. Mantenía la espada perpendicular sobre su cuello, listo para degollarlo con un simple gesto.

Henry comprendió que aquel era el fin. Su más enconado enemigo lo había vencido, después de tanto tiempo, y ahora solo podía esperar una muerte rápida e indolora.

—Ya eres mío. Y créeme, nada ni nadie podrá salvarte ahora.

De pronto un repiqueteo sonó en la lejanía, procedente del pueblo, y el sonido metálico de una campana llegó hasta ellos retumbando en el aire. En un instante todo se detuvo.

Los dos niños se giraron al oírla y se dirigieron una mirada cómplice. Westley ayudó a su hermano, viejo compañero de aventuras, a levantarse. Después, arrojó al suelo el pequeño palo de madera que le servía como espada.

—La próxima vez no tendrás tanta suerte—le dijo con una sonrisa.

El recreo había terminado.

EL BILLETE

—Vamos, decídete—repitió Harlow—. Si lo consigues, es tuyo.

Robert miró una vez más el billete, que Harlow sostenía a pocos centímetros de su cara, y se volvió de nuevo para medir la distancia que los separaba del tejado contiguo. Estaban en la azotea de un viejo edificio de ladrillo, de cinco plantas, justo enfrente al puerto de la ciudad. Los muelles estaban atestados de navíos descargando mercancías, con sus grandes chimeneas vomitando hollín, y el aire olía a ceniza y agua salada.

— ¿Qué sacas tú con esto?—musitó Robert, restregándose las manos por su harapiento pantalón de pana. De pronto habían empezado a sudarle.

—Nada en especial—dijo Harlow encogiéndose de hombros—. Un rato de diversión, supongo.

— ¿Diversión? Eres un sádico hijo de puta.

—Tal vez. ¿Vas a hacerlo o no?

Robert contempló la finísima viga de hierro que unía los dos edificios, tendida sobre el vacío. No mediría más de siete u ocho metros. Debajo había un abismo de cinco plantas. Si perdía el equilibrio, o si resbalaba, se haría papilla sobre el asfalto. Dio unos pasos y se encaramó con cautela a la cornisa. En la callejuela de debajo los mercaderes se movían rápidos como pequeños insectos, ajenos a lo que ocurría sobre sus cabezas.

—Es una locura. No tengo por qué hacerlo.

Harlow soltó una risotada. Parecía impaciente y excitado.

—Claro que tienes por qué. Puedes seguir malviviendo por estos muelles, mendigando y rompiéndote la espalda con esos fardos de carbón, o puedes conseguir este billete. El billete lo cambia todo, ¿verdad?

Por supuesto que lo cambiaba. Robert podía trabajar durante años como porteador, o en la serrería del astillero, o abrasándose las manos con los químicos de la fábrica textil, pero por mucho que ahorrase nunca tendría nada parecido a lo que Harlow sostenía en la mano. Ese billete podía darle a un hombre una nueva vida, rescatarlo de la inmundicia como un flotador en medio del mar. Y Robert necesitaba una vida mejor urgentemente. El hambre y el desempleo se habían propagado por la ciudad con la ferocidad de un brote de peste.

—Está bien, lo haré—murmuró sin mucha decisión.

— ¡Eso es lo que quería oír!—exclamó Harlow exultante.

Robert se situó con cuidado sobre la cornisa y colocó el pie derecho encima de la viga. No debía medir más de trece o catorce centímetros de ancho, pues apenas sobresalía nada bajo la suela de su gastado zapato. Tragó saliva y colocó el otro pie, manteniendo el equilibrio lo mejor que pudo. Un sudor helado bañó rápidamente todo su cuerpo a medida que el vértigo se apoderó de él. Respiró hondo un par de veces y llenó sus pulmones de aire húmedo y saturado. Puso un pie delante del otro y pronto se vio dando los primeros pasos. Hasta le pareció posible conseguirlo.

—Ida y vuelta, Robert—gritó Harlow—. Ida y vuelta, recuérdalo.

—Maldito cabrón—farfulló Robert.

El sobresalto casi le había hecho perder el equilibrio. Agitó los brazos en el aire buscando un apoyo inexistente y recuperó como pudo la estabilidad. Había mirado inevitablemente al vacío bajo sus pies, y la viga era tan fina que le parecía estar flotando en el aire. Ahora las personas de abajo le parecían más pequeñas que nunca, apenas diminutos puntos que hormigueaban entre los puestos. El edificio que había dejado atrás bajaba en pendiente como la pared de roca de un acantilado, y de pronto fue consciente de que el viento soplaba más fuerte de lo que le había parecido cuando aún estaba sobre el tejado.

Harlow rió de nuevo, con una carcajada aguda y cruel. Estaba disfrutando como un niño.

— ¿Sabes a qué me recuerda esto, Robert? A una de esas novelas de aventuras donde los piratas obligan a sus prisioneros a cruzar por el tablón. Un fino tablón de madera y, debajo, el océano. Tiburones hambrientos.

Robert pensó en contestarle, pero comprendió que no podía permitirse ese lujo. Si quería salir de aquella, tenía que poner toda su concentración. Debía ignorar las provocaciones de Harlow y pensar sólo en la recompensa.

Dio un par de pasos más y se halló en la mitad de la viga. Notó una arcada y luchó por reprimirla. Incluso temió desmayarse Tuvo que reunir todo su valor para dar los últimos pasos y llegar al fin al edificio contrario.

—Excelente, amigo mío, lo has hecho muy bien. Ahora sólo te queda volver—admitió Harlow.

Robert se tomó unos segundos para recuperar el aliento y la sensibilidad de los músculos. Sus piernas temblaban enloquecidas cuando emprendió el regreso.

Al llegar de nuevo a la mitad de la viga sentía los tobillos cansados y doloridos. Su corazón palpitaba con la potencia de una locomotora. Su cara reflejaba puro terror.

Ahora el viento hacía ondear su camisa, y su cuerpo osciló como una espiga de trigo. Tuvo que hacer uso de toda la fuerza de sus músculos para mantener la estabilidad, aunque sentía que sus piernas se habían tornado en dos barras de goma. Sin embargo, cuando parecía más indeciso, salvó los últimos metros con tres grandes zancadas, en un gesto de increíble audacia, y se dejó caer de rodillas, exhausto, a los pies de Harlow.

—Lo has conseguido, chico. Sinceramente, pensé que te estrellarías como una manzana madura. Pero lo has conseguido.

Harlow le entregó el billete y se volvió en silencio hacia el puerto para contemplar un gigantesco transatlántico que ya estaba calentando sus máquinas mientras engullía las últimas mercancías del puerto.

—Creo que es lo más grande que he visto en mi vida—dijo.

Pero Robert no le escuchó. Estaba todavía en el suelo, absorto, mirando el billete. Por fin tenía a su alcance una nueva oportunidad. Ahora tenía un billete de tercera clase de la White Star Line para empezar desde cero en América. Se había acabado el luchar por la supervivencia. Tenía entre sus manos un billete de ida en el majestuoso Titanic y el futuro le prometía grandes esperanzas.

El caballero de Lepanto

Ayer, siete de octubre, los cañones y mosquetes no dejaron de tronar durante todo el día, como una tormenta de verano. La brisa marina hedió a pólvora y madera quemada hasta bien entrado el crepúsculo. En el agua flotan todavía los cuerpos de miles de hombres y los pecios de innumerables naves despedazadas.

Yo me hallo en relativo buen estado de salud, aunque temo —y el galeno así me lo ha insinuado— que mi brazo izquierdo quede para siempre inútil tras el disparo de arcabuz que con tan mala fortuna me destrozó músculos y tendones. Pese a tal desdicha y a otras tantas heridas, me considero afortunado de haber sobrevivido a semejante infierno, y de haber servido con valor y arrojo aún en los peores lances de la batalla.

Me sería harto complicado describir la jornada en tan solo unas pocas líneas, más intentaré relatarle con la mayor brevedad posible cuales fueron los hechos de esta cruzada triunfal. Así podré contarle también la curiosa idea que se me ha sugerido en su transcurso, y que obtuve de un evento sin importancia que pude contemplar a pocos pasos de mí durante el fragor de la contienda. Haber encontrado inspiración en tal terrible lugar no hace sino afianzar mi creencia en que el ingenio no es sino el más poderoso talento del hombre.

Como seguro ya será conocedora vuestra merced, nuestras escuadras se habían reunido durante las jornadas anteriores cerca de la ciudad de Naupacto, que muchos conocen como Lepanto. Aguardábamos, dispuestos a una feroz lucha a muerte contra el enemigo Turco, miles de hombres y más de 200 galeras bien pertrechadas; sin duda la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.

Estaba yo a bordo de La Marquesa, una galera sólida y rápida donde las haya, cargada en ese instante con más de quinientas almas cristianas, cuando la batalla comenzó. La lucha fue, y así lo dirá la Historia, cruda e inclemente. Una lluvia de flechas y proyectiles de fuego cayeron sobre nuestras cabezas, haciendo tambalear incluso al más firme de los soldados, pero respondimos raudos con los disparos de nuestros arcabuces y el potente fuego de nuestros cañones, que se llevaron al fondo del mar incontables naves turcas. El agua pronto se tornó carmesí, y óleo que cargaban los barcos en sus entrañas estalló en llamas. Cuando la pelea avanzó, las naves se apresaron entre sí con sus espolones, como las pinzas de un alacrán, y tanto turcos como cristianos saltaron al abordaje armados con hachas, dagas y espadas. Fue tan descarnada la lucha que la cubierta de La Marquesa se embadurnó de sangre hasta hacer a los hombres resbalar.

Ya estaba yo entonces herido por un disparo de arcabuz en mi pecho, y mientras recargaba mi arma con más que menos dificultad alcé la vista hacia el lado opuesto de la nave, en dirección a proa, donde la pelea era más encarnizada. Parte del velamen de aquella parte estaba en llamas, y bajo él se movían los hombres con el trajín de un hormiguero.

Y fue entonces cuando lo vi.

Era un veterano soldado, de pelo canoso, espigado, seco de carnes, con un cuerpo enjuto y fibroso que me recordó a un viejo can de pelea. Llevaba puesta una coraza y un yelmo, sucios de pólvora, de un aspecto muy vetusto. Parecía confuso y desorientado, y estaba postrado en el suelo, pues creo con total seguridad que le habían propinado en la cabeza un severo golpe. De pronto se irguió con gallardía, lleno de cólera y herido en su orgullo. Tomó su lanza con las dos manos, apretándola con fuerza, y se lanzó al combate con un poderoso grito de guerra, como un guerrero primitivo. Me recordó a un caballero medieval, un Amadís de Gaula o un Cid Campeador. Me hizo creer de nuevo en una bravura poderosa y casi divina, en un ímpetu ya olvidado en nuestro tiempo. Arremetía como si la victoria fuera suya de antemano, como si algún objeto mágico lo hiciera invulnerable a cualquier ataque, y no me extrañaría, dado su extraño aspecto, que en verdad portase el mismísimo yelmo de Mambrino sobre su cabeza.

Pero cuál fue mi sorpresa, ¡que no embistió a enemigo alguno, sino que se lanzó con la furia de un miura contra el palo del trinquete! Su lanza se quebró al impactar en la madera como un simple mondadientes, y él cayó nuevamente de bruces contra la cubierta, recibiendo un golpe soberbio. Rodó torpemente hecho una pelota y farfulló algo ininteligible cuando se golpeó la cabeza de nuevo contra el suelo. Después se levantó con dificultad y se perdió de mi vista, con la misma facilidad con la que lo había encontrado, entre el enjambre de hombres y lanzas.

¡Qué patético incidente! Fue dramático y cómico, y fue así como tuve la idea, casi como una epifanía: dar vida a un caballero moderno, que se lanza con valor contra un enemigo inconmensurable y absurdo, guiado por un idealismo genuino, puro en sí mismo, pero nacido del delirio.

Ahora pienso, ¿y si éste hidalgo recorriera con tal ardor los caminos de nuestra tierra, deshaciendo entuertos y repartiendo su arcaica justicia? ¿Y si embistiese no un palo de trinquete, sino un molino de viento, y no pensando que es un corsario turco, sino un gigante colosal? Terminaría, al igual que el soldado que inspiró su creación, por el suelo, molido a palos, y para el lector sería hilarante. Más me resisto a creer que tras semejante chanza no existiese algo más profundo: la pugna entre el impulso noble del ideal y la realidad que nos golpea, y que encarna en sí misma el misterio de la condición humana. Eso atañe a todos los hombres por igual.

A fe mía que ésa podría ser una buena historia. Tal vez algún día la escriba.

Siempre vuestro;

Miguel de Cervantes.

Año 1571 de Nuestro Señor.